
Sebastian nació en año bisiesto. ¡Cuna de bronce, poncho roto y lazo azul!.
Era verano, semejante al invierno, perfecto para el recuerdo. Día incondicional, longevo y tímido. Hijo de febrero, 29 años de edad. Datos relevantes para sincronizar el comienzo. ¿Por donde empezar? Se preguntarán. Pues bueno, caminemos por las estrechas calles junto al mar. ¿Fecha?. Medieval.
En un pequeño pueblo llamado Libertad, vivía una humilde familia. Les decían “Los Borjia”. Uno era carpintero, y a otro le gustaba pescar. La madre cocinaba cordero, según ella era su especialidad. Vivían con la suegra, amarga juventud de cabellera gris. Áspera, insípida y malhumorada. Ahorran dinero para el Barquero, desde hace mucho tiempo, pero ni él se la quiere llevar.
El menor de todos es Sebastian, juguetón bribón de pelo rojizo. Que embrollo el que hizo el otro día en el bar. Entró con su jeringa jurándose el doctor. Atendió a tres borrachos curándolos del desamor. Mencionó que el mejor remedio era el condón. Rieron todos y cuestionaron su edad. Con solo cinco, sabía más que el montón.
A las 8 en la misa, al siguiente día. Todos en cunclillas, menos la tía. Ella sufre de las rodillas. ¡Vaya mujerón! no hay orgullo más grande que el de su calzón. “Domingo matinal”, dijo el cura, “tiempo de reflexión”. Sebastían si que lo oyó. “Vaya monaguillo que resultó”. Le bajó la falda y la seño se agachó. Cuando le preguntaron el por qué de su acción, él solo respondió: “Quería pasarle la voz que no traía ropa interior”.
Sebas camina de aquí para allá en búsqueda de nuevas travesuras. En algo que lo inquiete y lo vuelva una adorable criatura. Ya va al colegio, a pesar de su corta edad. Todos saben que llegará a ser alguien especial. Alguien que vale la pena recordar. Alguien que nació distinto a los demás.
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