lunes, 5 de abril de 2010

El Inmortal


Apenas la odié. Me dejó mero y desorientado, esperando impaciente al verano, pero nunca arribó, simplemente se aisló como muchas de mis alegrías. Rugí todo anhelo de esperanza. Suspiré un aire de dolor hasta llorar la última gota de calor. Mire al cielo frío con desgano, respiré aquel aire compartido y humano. Me dio asco.


Descubrí verdades en un trazo, en aquel dibujo abstracto del pasaje que viví. Longeva rebeldía. “Estoy viejo” le maldije. Pero nadie me escuchó.


Dibujé nubes con los dedos, una flecha y un corazón. Les pedí perdón por contagiarles mi melancolía, mi tristeza, mi desesperación. Una de las tres respondió, “No hay problema, señor, compartimos su aflicción.” “Hipocresía”, les respondí con recelo y vigor.


Escuché a lo lejos, ángeles juguetones. Viles aves de mi ficción. Me ignoraron y sonreí, cínicamente, pero al menos sonreí. Y eso que apenas la odié. “¿Hasta cuando?” Les dije, “¿hasta cuando he de esperar?” Vivo atento al reloj, pero hasta él condena mi paciencia señor.


Maldigo al tiempo, y a las horas que marca este reloj. Se apoderó de mi belleza y valor. Sé que hice un pacto con el diablo y hasta ahora te pido perdón. Ignorancia la mía, avaricia del dólar y el placer, por la simple caricia de una mujer. Quise que fuese mía, a pesar que no lo permita la ley.


Nunca hice caso a los llamados de mi padre, ni a los consejos de mi madre que con solvencia y gracia apostaban por mi crianza y salvación. O el cuidado de un amigo que por celos marginaba una efímera juventud. Y es que por fuera era hermoso, pero por dentro era atroz. ¡Vaya que tenía razón! Y yo que pensé que la envidia nublaba su ser, su voz, su compasión. Recuerdo cada palabra que proclamó, advirtiéndome que a todos vería fallecer.


Pasaron un par de años y del vientre de mi compra nacieron dos inocentes niñas. “Daphne y Danielle”. Aquellas mujercitas, por mas minúsculas que aparentaban ser, sostenían mi trastornada vida. Como dos firmes pilares balanceaban la década más oscura que construí. Pilares coloridos de hermosos matices. Combinación perfecta de virtudes y esperanza.


A donde iba, no dejaban de sonreír y me alegraban los días, a pesar de las riñas con aquella insatisfecha aventura que llamaba “mujer”, madre recién ascendida. Tenía dinero, propiedades y títulos. Durante días me pregunté como podía hacerla reír. No soy bueno entablando conversación y mi ingenio sexual carece de pasión. Ella era infeliz y no había nada que yo podía hacer.


Murió sin hacer sonido alguno. Sin despedirse del mundo tuvo que pagar cara su indiferencia y voló como una estrecha brisa. De esas que inquietan el mar, la coquetean y la tientan para que se aleje más allá. No cumpliste tu rol de madre o el papel de la perfecta mujer. Descarada actriz, ¿ahora quien rezará por ti?


Solo con las niñas las vi crecer, casadas todas las abracé con ternura por haberme dado nietos, un legado y futuro. Añorando que quizás tuviera corazón, me volví cristiano, pero ni santos ni demonios se volvieron magnánimos. Me envolvía un aura sobrenatural maligna que nadie quería enojar, la peste de la mala fortuna y vida para aquel que desafió la muerte. Era mi turno, pero nadie quería jubilar a este anciano. ¿Y que me queda? ¿Agachar y acentuar cada acción con cuidado y sin precipitación?. “Dejadme morir”. ¡Así podré irme en paz sabiendo que al final soy un simple mortal!


Cumplí 115. Aparecí en los diarios, incluso en los amarillos y más vendidos. De la noche a la mañana fui portada, noticia y tema de conversación. Pasado y presente armando una irónica historia. Me entrevistaron y preguntaron por mi ciudad, experiencia y sabiduría. Me conocía cada rinconcito prohibido, cada comida desafiante y fotografía pintoresca. Yo era el tour viviente de mi país. Yo era el inmortal.


Titubeé un par de segundos y sin proclamar una palabra me acerqué a mi alcoba. Encendí un cigarrillo y suspiré aquel aire impuro. Aquel hombrecillo de gris esperaba con paciencia mi reacción. Tomaba nota a mi recorrido. Y por venganza, lo dejé angustiarse en su aroma, aunque le di algo de que aferrarse, un par de revistas y con suspenso lo mecí. Pasada las 12 por fin respondí. “Tómate tu tiempo hijo, que es una historia larga que contar”.