
PARTE I
Marión tuvo un sueño a pesar de las pocas horas que tuvo para asimilarlo. ¿La culpable? Aquella noche lúgubre e insoportable, aquella noche caprichosa media tenebrosa difícil de olvidar. “Llamen inmediatamente a la policía, al cura y a las curiosas”, dijo la anciana. El olor a moho y niebla descomunal cubrían los pasillos de su hogar. Como si estuvieran envolviendo un espantoso peligro, una rareza sutil complicada de explicar. La casa de Marión se convirtió, desde aquella noche, en una caja de ilusiones que ni Pandora se atrevía a bautizar. Le daba miedo, pánico y terror.
Según los testigos del espantoso crimen, el sueño de Marión era más que una simple pesadilla, porque hasta el más escéptico afirmaba que lo impensable se convertiría en realidad. Que solo era cuestión de tiempo para comprobar su veracidad. Es decir, sentarse y esperar a que el villano hiciera su aparición, se presentara ante el público con una reverencia y dijera “Bienvenidos al infierno”.
Y no se podía esperar menos, ya que esta obra llevaba su nombre, sello y firma. Si mal no recuerdo, es en estos relatos, donde nuestro protagonista se convierte en el principal sospechoso de la tragedia de nuestras vidas. Convertido en un villano incógnito, tácito, imprescindible, construye el clímax del relato hasta convertirlo en algo subliminal, irreconocible e intrigante.
Toda historia enaltece el suspenso, lo hace vivo y creíble. Por ejemplo, Marión, como cualquier niña normal estaba encogida en brazos de la anciana buscando auxilio y amparo. Deseando que; lo que experimentó, nunca lo hubiese vivido. Y que aquella experiencia impregnada en lo más profundo de su ser, sea una cruel broma del destino. O que aquella imagen agobiante de una muerte anunciada sea simplemente una locura.
Morirás abuela” exclamó la pequeña. ¿Y el asesino? Asustadiza ella. “Saldrá airoso, por tu puerta”. Y callaron todos.
La abuela de Marión, anciana de 80 años, llevaba una longeva vida de triunfos y premios cobrados. Millonaria de sudor y esfuerzo, el testamento era más que generoso. Sin embargo, la anciana vivía y vivía bien. Cada año que pasaba, la vida era una curiosa aventura. Con cinco maridos y quien cuenta los amoríos, la anciana disfrutaba cada día de su longeva vida. Pues su vejez le era relativa, ajena y subjetiva. La muerte no era de su agrado, simplemente no le sabía bien. Y al romperse la conexión, lo único que queda es ignorar. Pero al menos conocemos el motivo. Descubrimos la causa del infortunio. Y es que alguien quería adueñarse de su vida, alguien quería verla muerta.
Lo que pasó a continuación era de esperarse. Todos se miraban sigilosamente, tratando de descifrar pista alguna que haga al traidor confesarse. Pero todos eran sumisos e inocentes, agachaban la cabeza como buenos esclavos o al menos aparentaban serlo, llenos de virtudes y sospechas encontradas. Los rostros exaltados de miedo, ceños fruncidos y protectores, labios carnosos de tristeza reprendida, adornaban la pintura de la sala. Los parientes, conocidos y amigos caminaban de un lado a otro tratando de descifrar las dos terribles preguntas que los atormentaban: ¿Quién sería el traidor? Pero, sobre todo, ¿Quién sería el acreedor de tal dichosa fortuna?
El telefóno sonó. Ring Ring, antiguo y agobiante. Las réplicas fueron más que suficientes para que los inéditos pegaran el grito. “¿Vas tú?”, se decían temerosos. Después de titubeos y mariconadas, por fín un valiente se ofreció de voluntario. Recorrió el extenso y oscuro pasadizo. Susurrando, ignorando el peligro, contestó. “¿Diga?”. Y un apagón sacudió su valor. La luz desapareció rotúndamente, despedida en cada rincón de la enorme mansión. La oscuridad se apoderó de la incredulidad de los testigos, más de uno se volvió creyente. Ahora todos sabían que algo grave iba a ocurrir y creánme, que el terror no podía ser peor.
CONTINUARÁ...