jueves, 7 de octubre de 2010

Blancanieves



Primer Capitulo: "Utópico Amor"

Entorpecido por el licor, no tuve excusa alguna que me librara de su llamado. Me dirigí zigzagueante hacia la Encantada, una avenida que cruza la Municipalidad con la vieja Molina. Disculpa el atrevimiento, pero es una mierda manejar hasta allá, y peor aún si estás en estas condiciones. Atravesar esas calles es cuestión de agresiva valentía. Y ojo, que yo me considero un consumado valiente. Felizmente que los curiosos se me adelantaron, destruyendo, por fin, mi sobrevalorado mito. Mentirosos todos, llevan “Prensa” en sus insignias y se creen más que otros. Sin duda, el cuarto poder de mis días. “Otra vez tarde, Julián”, me dijo el capitán. “Prepárate y entra que los de la morgue no demoran en llegar”. Atravesé las mil y un preguntas, “¿Qué sucedió?, ¿algún sospechoso?, ¿quién es la víctima?”. Y rondaba el diablo por mi cabeza. Sacar el revolver quizás, cometer uno que otro homicidio más, y en verdad ¿quien llevaría la cuenta en este cuento de locos? Si mi opinión es de contar, lo diré sin escrúpulos. “Odio a los periodistas”. “¿Dónde está el cuerpo?”, le dije al caudillo. “Al fondo a la derecha”. Y allí yacía ella, la mujer más hermosa que mis ojos elogiaron. Mi corazón latía rotundamente, mi sangre subía la temperatura y el sudor hacía evidente mi amor hacia ella. Estaba más que enamorado, obsesionado quizás. ¿Y lo peor de todo? No había cura que aliviara este infortunio. Alguien había cometido un homicidio. ¿Y la víctima? Aquel utópico amor.

Un enano calmaba su mano con caricias, como si la conociera en esta u otra vida. Definitivamente, sospechoso principal de tal malévolo incidente. Por este, y sin obviar mi motivo personal, era indispensable preguntarle con cautela su proceder. “¿La conocía?”, le dije. Y el enano respondió. “Hace unos años, mis hermanos y yo nos dirigíamos a Yanacocha a cobrar nuestros pagos. El dinero llamaba, pero dadivosa fue la cobranza, que de nuestra pesadez, apareció una hermosa niña. Nos pidió auxilio y refugio, que de un mal escapaba y su vida de los siete dependía. Decidimos ayudarla, a pesar que ni su nombre sabíamos. Mejor así, nos dijo. Anónimos, evitábamos más el peligro. Pasaron los días y nos encariñamos con Blancanieves.” Calló unos segundos. “Fue la hija que nunca tuvimos.” “¿Blancanieves?”, le dije. “Así es”, me sonrió. “Así la bautizamos por el curioso color de su piel. Tan blanco y puro, como la misma nieve”. Y una lágrima le brotó.

“¿Qué fue lo que le sucedió?”, me atreví a decir, dándole como consuelo un viejo pañuelo. “Salimos de la ciudad desde el jueves directo a Chosica. Nuestra estancia allá nos ausentaría alrededor de dos semanas. Sin embargo, me ofrecí voluntariamente a velar por ella y su seguridad. Cada noche viajaba horas para irla a ver. ¡Que nadie entre!, le dije. ¡Y jamás, pero jamás hables con extraños!”. Y comenzó a llorar. “Maldigo el destino y al tiempo que produjo en mí, un desgano inusual para levantarme y andar. El tráfico impedía mi desenvolvimiento y mi puntualidad fue aturdida por un trágico desenlace. Un día, tan solo un día regresé y la vi, mi pequeña mimada yacida en el suelo. Mi dulce Blancanieves.” Las autoridades se acercaron para llevarlo al cuartel. Por más que luchó contra las represalias asegurando su inocencia, la resistencia logró arrebatarlo de sus orígenes y de su fortaleza. Arrestado por sospecha gritó sus últimas palabras como hombre libre hacia la última persona que lo escuchó. “¡Aquel mal la encontró!”, me dijo. “¡Alguien con mentiras y calumnias, alguien que le era familiar! Buscad, y haced justicia. Buscad con fervor la verdad”.

De regreso al cuartel prendí el televisor y en todos los noticieros hablaban de su muerte. “Adolescente de 23 años de edad fue encontrada muerta por la policía nacional en una casa alquilada en el distrito la Encantada. Los propietarios son un grupo de ingenieros mineros migrantes de Ayacucho. Según el reporte policial, la joven adolescente fue envenenada con una poción mortífera de drogas a base de Malus domestica Borkh. El principal sospechoso del homicidio se encuentra reclutado en el Palacio de Justicia a horas de ser interrogado. Aparentemente, la joven homicida es alguien de relevancia internacional. Por este motivo, la policía no nos ha proporcionado mas detalles, tan solo un nombre de pila para poder identificarla: Blancanieves”.

Apagué el televisor. Las palabras del enano retumbaban la señal como abejas apareándose en mis oídos. Por más objetivo que aparentaba ser, me jodía la conciencia con tan solo pensar que una mujer, como Blancanieves, fuese arrebatada injustamente de mis brazos, quizás solo por celos. Y es que su belleza propiciaba la codicia y envidia de muchas. Su rostro era más que perfección. Incluso su reflejo hipnotizaba al mismísimo espejo. Tratando de despejar mi mente, me serví un viejo whiskey más que generoso. Descontrolado por mis adicciones me volví alcohólico, esperando impaciente las horas y que el diagnóstico forense pudiera saciar mi sed de venganza. ¿Héroe o villano?, pensaba taciturno frente a mi alcoba, marcando cada paso como todo un cazador. “Necesito salvarla”. Tres shots. “Blancanieves”. Tres más. “Necesito vengarte”. Y tres más. Tomé las pastillas contra la locura y la realidad. Ninguna hacía efecto, así que las mezclé con más licor. Poco a poco caía más y más en aquel agujero que ni Alicia pudo evitar. “Maldición”, renegó mi desesperación. “Mi venganza me consume y la muerte me sienta bien, pero no la puedo alcanzar”. Y me ahogué en “black”, Jack Daniels Tennessee.

Resaqueado, envuelto del cigarrillo y el rock n’ roll, caminé hasta el balcón. El aire me susurraba “¡tírate!”. Definitivamente seguía drogado. Lo dije desde el principio, soy un valiente consumado. Si alguien esperaba un príncipe azul, lo lamento. “It’s all the same, only the names are change, every day it seems we're wasting away”. Y el coro, “I'm a cowboy, on a steel horse I ride… I'm wanted dead or alive”. “Así es mierda”, le dije a mi ciudad “Vivo o muerto”. De la mano de Jon Bon Jovi había trazado mi destino. A ponerme cuerdo, entonces, que tenía que encontrar al maldito. Fui directo al cuartel infringiendo leyes y a toda velocidad. El efecto suicida todavía no desaparecía de mi interior. La adrenalina era pura. Iba a matarlo hasta que las balas consumieran mi revolver. Iba a matarlo hasta que la muerte me dijera “¡Para!”.

Continuara...

viernes, 18 de junio de 2010

Un thriller del que Hitchcock es fan.



PARTE I

Marión tuvo un sueño a pesar de las pocas horas que tuvo para asimilarlo. ¿La culpable? Aquella noche lúgubre e insoportable, aquella noche caprichosa media tenebrosa difícil de olvidar. “Llamen inmediatamente a la policía, al cura y a las curiosas”, dijo la anciana. El olor a moho y niebla descomunal cubrían los pasillos de su hogar. Como si estuvieran envolviendo un espantoso peligro, una rareza sutil complicada de explicar. La casa de Marión se convirtió, desde aquella noche, en una caja de ilusiones que ni Pandora se atrevía a bautizar. Le daba miedo, pánico y terror.

Según los testigos del espantoso crimen, el sueño de Marión era más que una simple pesadilla, porque hasta el más escéptico afirmaba que lo impensable se convertiría en realidad. Que solo era cuestión de tiempo para comprobar su veracidad. Es decir, sentarse y esperar a que el villano hiciera su aparición, se presentara ante el público con una reverencia y dijera “Bienvenidos al infierno”.

Y no se podía esperar menos, ya que esta obra llevaba su nombre, sello y firma. Si mal no recuerdo, es en estos relatos, donde nuestro protagonista se convierte en el principal sospechoso de la tragedia de nuestras vidas. Convertido en un villano incógnito, tácito, imprescindible, construye el clímax del relato hasta convertirlo en algo subliminal, irreconocible e intrigante.

Toda historia enaltece el suspenso, lo hace vivo y creíble. Por ejemplo, Marión, como cualquier niña normal estaba encogida en brazos de la anciana buscando auxilio y amparo. Deseando que; lo que experimentó, nunca lo hubiese vivido. Y que aquella experiencia impregnada en lo más profundo de su ser, sea una cruel broma del destino. O que aquella imagen agobiante de una muerte anunciada sea simplemente una locura.

Morirás abuela” exclamó la pequeña. ¿Y el asesino? Asustadiza ella. “Saldrá airoso, por tu puerta”. Y callaron todos.

La abuela de Marión, anciana de 80 años, llevaba una longeva vida de triunfos y premios cobrados. Millonaria de sudor y esfuerzo, el testamento era más que generoso. Sin embargo, la anciana vivía y vivía bien. Cada año que pasaba, la vida era una curiosa aventura. Con cinco maridos y quien cuenta los amoríos, la anciana disfrutaba cada día de su longeva vida. Pues su vejez le era relativa, ajena y subjetiva. La muerte no era de su agrado, simplemente no le sabía bien. Y al romperse la conexión, lo único que queda es ignorar. Pero al menos conocemos el motivo. Descubrimos la causa del infortunio. Y es que alguien quería adueñarse de su vida, alguien quería verla muerta.

Lo que pasó a continuación era de esperarse. Todos se miraban sigilosamente, tratando de descifrar pista alguna que haga al traidor confesarse. Pero todos eran sumisos e inocentes, agachaban la cabeza como buenos esclavos o al menos aparentaban serlo, llenos de virtudes y sospechas encontradas. Los rostros exaltados de miedo, ceños fruncidos y protectores, labios carnosos de tristeza reprendida, adornaban la pintura de la sala. Los parientes, conocidos y amigos caminaban de un lado a otro tratando de descifrar las dos terribles preguntas que los atormentaban: ¿Quién sería el traidor? Pero, sobre todo, ¿Quién sería el acreedor de tal dichosa fortuna?

El telefóno sonó. Ring Ring, antiguo y agobiante. Las réplicas fueron más que suficientes para que los inéditos pegaran el grito. “¿Vas tú?”, se decían temerosos. Después de titubeos y mariconadas, por fín un valiente se ofreció de voluntario. Recorrió el extenso y oscuro pasadizo. Susurrando, ignorando el peligro, contestó. “¿Diga?”. Y un apagón sacudió su valor. La luz desapareció rotúndamente, despedida en cada rincón de la enorme mansión. La oscuridad se apoderó de la incredulidad de los testigos, más de uno se volvió creyente. Ahora todos sabían que algo grave iba a ocurrir y creánme, que el terror no podía ser peor.

CONTINUARÁ...

lunes, 5 de abril de 2010

El Inmortal


Apenas la odié. Me dejó mero y desorientado, esperando impaciente al verano, pero nunca arribó, simplemente se aisló como muchas de mis alegrías. Rugí todo anhelo de esperanza. Suspiré un aire de dolor hasta llorar la última gota de calor. Mire al cielo frío con desgano, respiré aquel aire compartido y humano. Me dio asco.


Descubrí verdades en un trazo, en aquel dibujo abstracto del pasaje que viví. Longeva rebeldía. “Estoy viejo” le maldije. Pero nadie me escuchó.


Dibujé nubes con los dedos, una flecha y un corazón. Les pedí perdón por contagiarles mi melancolía, mi tristeza, mi desesperación. Una de las tres respondió, “No hay problema, señor, compartimos su aflicción.” “Hipocresía”, les respondí con recelo y vigor.


Escuché a lo lejos, ángeles juguetones. Viles aves de mi ficción. Me ignoraron y sonreí, cínicamente, pero al menos sonreí. Y eso que apenas la odié. “¿Hasta cuando?” Les dije, “¿hasta cuando he de esperar?” Vivo atento al reloj, pero hasta él condena mi paciencia señor.


Maldigo al tiempo, y a las horas que marca este reloj. Se apoderó de mi belleza y valor. Sé que hice un pacto con el diablo y hasta ahora te pido perdón. Ignorancia la mía, avaricia del dólar y el placer, por la simple caricia de una mujer. Quise que fuese mía, a pesar que no lo permita la ley.


Nunca hice caso a los llamados de mi padre, ni a los consejos de mi madre que con solvencia y gracia apostaban por mi crianza y salvación. O el cuidado de un amigo que por celos marginaba una efímera juventud. Y es que por fuera era hermoso, pero por dentro era atroz. ¡Vaya que tenía razón! Y yo que pensé que la envidia nublaba su ser, su voz, su compasión. Recuerdo cada palabra que proclamó, advirtiéndome que a todos vería fallecer.


Pasaron un par de años y del vientre de mi compra nacieron dos inocentes niñas. “Daphne y Danielle”. Aquellas mujercitas, por mas minúsculas que aparentaban ser, sostenían mi trastornada vida. Como dos firmes pilares balanceaban la década más oscura que construí. Pilares coloridos de hermosos matices. Combinación perfecta de virtudes y esperanza.


A donde iba, no dejaban de sonreír y me alegraban los días, a pesar de las riñas con aquella insatisfecha aventura que llamaba “mujer”, madre recién ascendida. Tenía dinero, propiedades y títulos. Durante días me pregunté como podía hacerla reír. No soy bueno entablando conversación y mi ingenio sexual carece de pasión. Ella era infeliz y no había nada que yo podía hacer.


Murió sin hacer sonido alguno. Sin despedirse del mundo tuvo que pagar cara su indiferencia y voló como una estrecha brisa. De esas que inquietan el mar, la coquetean y la tientan para que se aleje más allá. No cumpliste tu rol de madre o el papel de la perfecta mujer. Descarada actriz, ¿ahora quien rezará por ti?


Solo con las niñas las vi crecer, casadas todas las abracé con ternura por haberme dado nietos, un legado y futuro. Añorando que quizás tuviera corazón, me volví cristiano, pero ni santos ni demonios se volvieron magnánimos. Me envolvía un aura sobrenatural maligna que nadie quería enojar, la peste de la mala fortuna y vida para aquel que desafió la muerte. Era mi turno, pero nadie quería jubilar a este anciano. ¿Y que me queda? ¿Agachar y acentuar cada acción con cuidado y sin precipitación?. “Dejadme morir”. ¡Así podré irme en paz sabiendo que al final soy un simple mortal!


Cumplí 115. Aparecí en los diarios, incluso en los amarillos y más vendidos. De la noche a la mañana fui portada, noticia y tema de conversación. Pasado y presente armando una irónica historia. Me entrevistaron y preguntaron por mi ciudad, experiencia y sabiduría. Me conocía cada rinconcito prohibido, cada comida desafiante y fotografía pintoresca. Yo era el tour viviente de mi país. Yo era el inmortal.


Titubeé un par de segundos y sin proclamar una palabra me acerqué a mi alcoba. Encendí un cigarrillo y suspiré aquel aire impuro. Aquel hombrecillo de gris esperaba con paciencia mi reacción. Tomaba nota a mi recorrido. Y por venganza, lo dejé angustiarse en su aroma, aunque le di algo de que aferrarse, un par de revistas y con suspenso lo mecí. Pasada las 12 por fin respondí. “Tómate tu tiempo hijo, que es una historia larga que contar”.


lunes, 4 de enero de 2010

Las Brujas de Blair


Ya pasaron dos meses desde que juraron venganza hacia los cerdos de barba y panza. Las tildaron de brujas por su rareza y belleza, mujeres de casa de sumisa crianza. Virgenes de nombre, santas de granja. Trabajaron el campo sin molestar un alma. ¡Malditos aquellos que osaron tentarlas! ¡Malditos aquellos que dejaron de amarlas!

El pueblo de fiesta, celebraban las pascuas. Gimiendo y coreando por las cuatro hermanas. Les hacen el amor hasta la madrugada, las provocan, las violan, las llaman. Viles seres, pobres hermanas, ardieron en llamas las condenadas, traicionadas por sus nombres fueron matadas. Odiadas por el hombre fueron quemadas.

Catalina la menor, la del vestido espinado, y Eva del cabello ondulado. Siempre juntas por el prado recolectando margaritas del campo. Resucitaron aves y ranas con magia y hechizos de simples palabras. Por amor y compasión les negaron el habla, censuradas sin devoción fueron desterradas.

Ana y Eliza, eran mellizas. Llevaban moños y dentadura postiza. Las golpearon de niñas, obra de la vil nodriza. Que de celos castigó la inocencia de las pobres mestizas. Cantaban conjuros de cuatro cuarenta. Juntaban parejas y del amor nadie se lamenta. Pero luego hay consecuencias. Infidelidades y decadencias.

Del querer a la gloria, sobreviven las tristezas, puras mentiras, pocas certezas. Sus pecados fueron censurados ¿y el castigo? más que improvisado. Con leyes absurdas, ritos y martirios. Albergaron envidia e hipocresía. Querían ver muerte en el día.

Pero la noche llegó y llovió como nunca llovió. Todo Blair se oscureció. A pesar de sus ruegos, nadie los escuchaba. A pesar de sus lamentos, nadie los auxiliaba. Ahogados por sus culpas, fueron enterrados. Ahogados por sus culpas, fueron olvidados.

Y es que ya pasaron dos meses desde que juraron venganza, hacia los causantes de la horrible matanza. Las tildaron de brujas por su rareza y belleza, mujeres de casa de sumisa crianza. Virgenes de nombre, brujas de granja. Trabajaron el campo sin molestar un alma. ¡Malditos aquellos que osaron tentarlas! ¡Malditos aquellos que dejaron de amarlas!

lunes, 30 de noviembre de 2009

Sebastian nació en año bisiesto


Sebastian nació en año bisiesto. ¡Cuna de bronce, poncho roto y lazo azul!.
Era verano, semejante al invierno, perfecto para el recuerdo. Día incondicional, longevo y tímido. Hijo de febrero, 29 años de edad. Datos relevantes para sincronizar el comienzo. ¿Por donde empezar? Se preguntarán. Pues bueno, caminemos por las estrechas calles junto al mar. ¿Fecha?. Medieval.

En un pequeño pueblo llamado Libertad, vivía una humilde familia. Les decían “Los Borjia”. Uno era carpintero, y a otro le gustaba pescar. La madre cocinaba cordero, según ella era su especialidad. Vivían con la suegra, amarga juventud de cabellera gris. Áspera, insípida y malhumorada. Ahorran dinero para el Barquero, desde hace mucho tiempo, pero ni él se la quiere llevar.

El menor de todos es Sebastian, juguetón bribón de pelo rojizo. Que embrollo el que hizo el otro día en el bar. Entró con su jeringa jurándose el doctor. Atendió a tres borrachos curándolos del desamor. Mencionó que el mejor remedio era el condón. Rieron todos y cuestionaron su edad. Con solo cinco, sabía más que el montón.

A las 8 en la misa, al siguiente día. Todos en cunclillas, menos la tía. Ella sufre de las rodillas. ¡Vaya mujerón! no hay orgullo más grande que el de su calzón. “Domingo matinal”, dijo el cura, “tiempo de reflexión”. Sebastían si que lo oyó. “Vaya monaguillo que resultó”. Le bajó la falda y la seño se agachó. Cuando le preguntaron el por qué de su acción, él solo respondió: “Quería pasarle la voz que no traía ropa interior”.

Sebas camina de aquí para allá en búsqueda de nuevas travesuras. En algo que lo inquiete y lo vuelva una adorable criatura. Ya va al colegio, a pesar de su corta edad. Todos saben que llegará a ser alguien especial. Alguien que vale la pena recordar. Alguien que nació distinto a los demás.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El Coronel no tiene quien lo llame


No puedo creer que hasta ahora siga funcionando el viejo reloj. Tiene más de 50, pero ahí descansa. Para desconcierto de todos, todavía da la hora. A pesar de sus años; desde el Coronel, a Don Sabas y un par más, todavía vale la pena conservarlo. Lo podría pulir, unos pequeños detalles y como nuevo. A lo mejor lo vendo, vaya pesos que ganaría. Así dejaría muda a mi mujer que tanto jode con la quincena, lo del día y lo del mes. Si tan solo no dijera, “propiedad del Museo”. Vaya suerte la mía, vaya tentación.

Me aburrí de tanta rutina, asi que caminé un rato. Unas cuantas cuadras, suficiente para terminar el cigarrillo. Las calles, el viejo bar, olvidados. Que agradable silencio, que agradable compañía. Pasó la hora, lenta y sospechosa. Hasta que por fin, llegaron los mocosos, los nietos de Don Juan. Sería cobarde negar que me alegró verlos. Para serte sincero, me inquietaba la situación. ¡Que me aclaren el día!. “¿Donde estan todos?”, le susurré al compadre. “Hoy llegó el Coronel”, me interrumpió. “¡La pelea de gallos!. ¡Que olvidadizo!. ¡A la plazuela, entonces, por las entradas, el jolgorio y las apuestas!.
“Corra Don Marquez que el Coronel terminará rápido con el pendejo”. “¿Usted no va, Don Juan?”, le pregunté. “La edad me gana compadre. Mi anhelo, mi juventud conviven aquí. Las peleas para mí, son solo recuerdos”, con pena respondió. No terminamos la discusión, sus palabras se las llevó el viento. Nadie para a este viejo y que mi edad ponga en juego la noción del tiempo. No tengo nietos, ni excusas. Tenía que llegar, apostarle a mi gallo, mi Coronel. Apostarlo todo.

“El Coronel”, el campeón. El más recio, crudo y feroz gallo de todo Colombia. Lo llaman así, porque nos recuerda mucho a él. Tiene la mirada triste, fija y seria, imposible de olvidar. Sigue invicto. Nadie podía bajarse al animal, por mas artimaña y voodoo que hiciera. Había nacido para ganar y así se iba a quedar. Su dueño era un cabo de la cuadrilla del Sur. Joven pariente del viejo Coronel. Heredó su afán y amor a los gallos. Siempre viajando de un lado a otro, conquistando cuanta mujer pudiera. Nunca se le ve, menos a su gallo. Por eso, hoy era memorable. El mejor animal de Colombia visitaba nuestras calles.

Llegué puntual, aunque me sentaron patas arriba, a cinco de los presuntos dealers. “¡No se ve ni un carajo!”, renegué. Y bueno, con mi vista y vejez, más entretenido hubiese sido un rodeo de pulgas.
“Señoras y señores”, habló los parlantes. El tumulto se alocó. Los flashes, las cámaras, el video se levantaron todos de sus sitios, listos para disparar. Los alientos, las llamadas. El rin. El gallo estaba apunto de salir. ¡Venga, venga! gritaban los eufóricos.

Me puse nostálgico, en aquel lugar. A pesar del festín, la plazuela me sabía raro. Con Don Juan hubiese sido familiar. Al menos, agradable. Recuerdo nuestra última charla. Recuerdo haberle comentado. “Nos conquistaron”. Acto seguido, aparecía el verso. “Ruido, bullicio, ceros y unos. Malditos todos, hasta los codos. Dime testarudo, dime incapaz, ya no aguanto más. Fuera del todo, lejos de todos. Astuta ella, nos recuerda que el tiempo pasó, ya murió. Inquietante ella, si tan solo entendiera. A tu tecnología. a la pantalla azul. ¿Por qué das luz?. ¿Quieres comunicarte?. Indiferente. No se te ve. No se te oye. Me quedo pobre. Adios a los coros. Son puros lamentos. Lo siento. Vienen y van las alertas, el celular, como tu Don Juan. Bajas el telón, te adaptas. Ahora es el nextel, tus nietos, el rin, tus llamadas. Venga. ¿Qué fue del bar?. ¿Acaso basta con llamar, y chismosear?. ¿No fuiste heroe?, ¿el capataz?. No dejes Colombia, no abandones tu hogar, ni a tu amigo. No soy poeta, menos un mendigo. No diré algo que en verdad no sé, asegurando que es lo que es. A lo mejor estoy viejo, a lo mejor no lo entiendo. Vivo en el pasado esperando que lo regrese el viento. Los mejores años los perdí, no los viviré jamás, dime testarudo, dime incapaz.”

Él me refutó, “Viajo de noche, hablo de día. No me dejan tranquilo. Tengo que aguantar. El ruido, el bullicio. Es un mal, lo sé. Pero nos tenemos que adaptar. Vivo con ellos, mis nietos, los tengo que tratar. Que me amen, que me quieran. Su idioma. Su cultura. No quiero ser carga, menos un holgazán. El celular, el nextel son parte de mí. No quiero cambiar. Me decidí. El pasado se fue, voló, me despedí y le prometí, solo recordar. No me llores, no te apegues. Te tienes que levantar. Inténtalo, no te quedes. Marca mi número, tu número. De viaje puedo estar, pero podemos conversar. A la larga, sin fronteras. ¿Acaso no ves la oportunidad? No seas ciego, ni ingenuo. No entierres el pico en algo que no regresará. No esperes el tren de las 13, porque nunca llegará”

Lloré. En pocos segundos recordé, sus palabras, y por fin lo entendí. De vuelta a la pelea, ya había terminado. Perdió el gallo, perdió el Coronel. Todo da vueltas y lo que viví, lo viví. No era lo actual. Lo real se fue, se esfumó. ¿Lo verdadero?. Mi gallo era viejo, como yo, y perdió, y con él, mi dinero. Tal vez, Don Juan tenía razón, son solo recuerdos. ¿Es que acaso me tengo que adaptar?. Me consume la curiosidad, no lo niego. Me gustaría estar al día, pero no puedo. A veces no lo entiendo. ¿Como usas un celular?, ¿Como haces para llamar?. Me falta memoria. Mejor me apuro, ¿A donde voy?. La señora me espera. En el hogar saben que todo terminó, no tengo que trabajar, nunca más. Me jubilé y otros vendran. Tengo que apurarme, la tengo que llamar. Con un rin, dicen que me puedo comunicar. Al instante, de inmediato. Pero igual, no lo entiendo. ¿Que fue del viejo bar?. Mejor me apuro, mi mujer me espera. Le tengo que contar que el Coronel murió. Enterró el pico, se rindió. Tengo que advertirle que no cocine. Perdí. Que lo único que hay, lo único que habrá es mierda y solamente eso.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Cartas del Carnivále


Querida Ariel,

No te imaginas lo que es este lugar. Lo mucho que vivo y aprendo. A pesar que te extraño, el más fuerte comparte mi techo. Es desordenado, algo inquietante, pero vale la pena hablarle.

No estoy solo. Creo que me adapto, soy útil. Ya no me aparto. Ni es necesario cambiar. Aparentar ser perfecto. Alguien en que puedas confiar. En fin, lo comprendí. Tenías razon, cuando decías que algo iba a ocurrir. Que mi destino no era permanecer ahí. Te soy honesto, me dolió. Me costó escucharlo, pero sobre todo, aceptarlo.

Me disfracé de humano. Me esforcé. Cambié de atuendos, hasta me maquillé. Quise ser niño, alguien normal, alguien de 13 y no aparentar un poco más. Que se rían o que lloren. Alguien que juegue y cante. Mis labios, mis manos, ¡nadie las toque!

Soy apuesto, Hades o Barrabás. ¡No!, soy distinto. Una bestia, sencillo, noble y apaciguado. Lleno de corazón como un león con alma de ratón. Vaya descripción. Me río solo de pensarlo.

Anoche fue mi primer acto. Vaya sensación. Lo que generé, sin aliento los dejé. Mis rugidos, mis aullidos, mi rostro. Los asusté. Hasta al valiente actor, lo ahuyenté. ¿Y a los niños? Sin pensarlo, los acerqué. Juegan conmigo. No me temen, me comprenden. Por fin, lo conseguí. Por fin, puedo decir que soy feliz.


Por siempre tuyo,
Jorge Luis