lunes, 30 de noviembre de 2009

Sebastian nació en año bisiesto


Sebastian nació en año bisiesto. ¡Cuna de bronce, poncho roto y lazo azul!.
Era verano, semejante al invierno, perfecto para el recuerdo. Día incondicional, longevo y tímido. Hijo de febrero, 29 años de edad. Datos relevantes para sincronizar el comienzo. ¿Por donde empezar? Se preguntarán. Pues bueno, caminemos por las estrechas calles junto al mar. ¿Fecha?. Medieval.

En un pequeño pueblo llamado Libertad, vivía una humilde familia. Les decían “Los Borjia”. Uno era carpintero, y a otro le gustaba pescar. La madre cocinaba cordero, según ella era su especialidad. Vivían con la suegra, amarga juventud de cabellera gris. Áspera, insípida y malhumorada. Ahorran dinero para el Barquero, desde hace mucho tiempo, pero ni él se la quiere llevar.

El menor de todos es Sebastian, juguetón bribón de pelo rojizo. Que embrollo el que hizo el otro día en el bar. Entró con su jeringa jurándose el doctor. Atendió a tres borrachos curándolos del desamor. Mencionó que el mejor remedio era el condón. Rieron todos y cuestionaron su edad. Con solo cinco, sabía más que el montón.

A las 8 en la misa, al siguiente día. Todos en cunclillas, menos la tía. Ella sufre de las rodillas. ¡Vaya mujerón! no hay orgullo más grande que el de su calzón. “Domingo matinal”, dijo el cura, “tiempo de reflexión”. Sebastían si que lo oyó. “Vaya monaguillo que resultó”. Le bajó la falda y la seño se agachó. Cuando le preguntaron el por qué de su acción, él solo respondió: “Quería pasarle la voz que no traía ropa interior”.

Sebas camina de aquí para allá en búsqueda de nuevas travesuras. En algo que lo inquiete y lo vuelva una adorable criatura. Ya va al colegio, a pesar de su corta edad. Todos saben que llegará a ser alguien especial. Alguien que vale la pena recordar. Alguien que nació distinto a los demás.

viernes, 27 de noviembre de 2009

El Coronel no tiene quien lo llame


No puedo creer que hasta ahora siga funcionando el viejo reloj. Tiene más de 50, pero ahí descansa. Para desconcierto de todos, todavía da la hora. A pesar de sus años; desde el Coronel, a Don Sabas y un par más, todavía vale la pena conservarlo. Lo podría pulir, unos pequeños detalles y como nuevo. A lo mejor lo vendo, vaya pesos que ganaría. Así dejaría muda a mi mujer que tanto jode con la quincena, lo del día y lo del mes. Si tan solo no dijera, “propiedad del Museo”. Vaya suerte la mía, vaya tentación.

Me aburrí de tanta rutina, asi que caminé un rato. Unas cuantas cuadras, suficiente para terminar el cigarrillo. Las calles, el viejo bar, olvidados. Que agradable silencio, que agradable compañía. Pasó la hora, lenta y sospechosa. Hasta que por fin, llegaron los mocosos, los nietos de Don Juan. Sería cobarde negar que me alegró verlos. Para serte sincero, me inquietaba la situación. ¡Que me aclaren el día!. “¿Donde estan todos?”, le susurré al compadre. “Hoy llegó el Coronel”, me interrumpió. “¡La pelea de gallos!. ¡Que olvidadizo!. ¡A la plazuela, entonces, por las entradas, el jolgorio y las apuestas!.
“Corra Don Marquez que el Coronel terminará rápido con el pendejo”. “¿Usted no va, Don Juan?”, le pregunté. “La edad me gana compadre. Mi anhelo, mi juventud conviven aquí. Las peleas para mí, son solo recuerdos”, con pena respondió. No terminamos la discusión, sus palabras se las llevó el viento. Nadie para a este viejo y que mi edad ponga en juego la noción del tiempo. No tengo nietos, ni excusas. Tenía que llegar, apostarle a mi gallo, mi Coronel. Apostarlo todo.

“El Coronel”, el campeón. El más recio, crudo y feroz gallo de todo Colombia. Lo llaman así, porque nos recuerda mucho a él. Tiene la mirada triste, fija y seria, imposible de olvidar. Sigue invicto. Nadie podía bajarse al animal, por mas artimaña y voodoo que hiciera. Había nacido para ganar y así se iba a quedar. Su dueño era un cabo de la cuadrilla del Sur. Joven pariente del viejo Coronel. Heredó su afán y amor a los gallos. Siempre viajando de un lado a otro, conquistando cuanta mujer pudiera. Nunca se le ve, menos a su gallo. Por eso, hoy era memorable. El mejor animal de Colombia visitaba nuestras calles.

Llegué puntual, aunque me sentaron patas arriba, a cinco de los presuntos dealers. “¡No se ve ni un carajo!”, renegué. Y bueno, con mi vista y vejez, más entretenido hubiese sido un rodeo de pulgas.
“Señoras y señores”, habló los parlantes. El tumulto se alocó. Los flashes, las cámaras, el video se levantaron todos de sus sitios, listos para disparar. Los alientos, las llamadas. El rin. El gallo estaba apunto de salir. ¡Venga, venga! gritaban los eufóricos.

Me puse nostálgico, en aquel lugar. A pesar del festín, la plazuela me sabía raro. Con Don Juan hubiese sido familiar. Al menos, agradable. Recuerdo nuestra última charla. Recuerdo haberle comentado. “Nos conquistaron”. Acto seguido, aparecía el verso. “Ruido, bullicio, ceros y unos. Malditos todos, hasta los codos. Dime testarudo, dime incapaz, ya no aguanto más. Fuera del todo, lejos de todos. Astuta ella, nos recuerda que el tiempo pasó, ya murió. Inquietante ella, si tan solo entendiera. A tu tecnología. a la pantalla azul. ¿Por qué das luz?. ¿Quieres comunicarte?. Indiferente. No se te ve. No se te oye. Me quedo pobre. Adios a los coros. Son puros lamentos. Lo siento. Vienen y van las alertas, el celular, como tu Don Juan. Bajas el telón, te adaptas. Ahora es el nextel, tus nietos, el rin, tus llamadas. Venga. ¿Qué fue del bar?. ¿Acaso basta con llamar, y chismosear?. ¿No fuiste heroe?, ¿el capataz?. No dejes Colombia, no abandones tu hogar, ni a tu amigo. No soy poeta, menos un mendigo. No diré algo que en verdad no sé, asegurando que es lo que es. A lo mejor estoy viejo, a lo mejor no lo entiendo. Vivo en el pasado esperando que lo regrese el viento. Los mejores años los perdí, no los viviré jamás, dime testarudo, dime incapaz.”

Él me refutó, “Viajo de noche, hablo de día. No me dejan tranquilo. Tengo que aguantar. El ruido, el bullicio. Es un mal, lo sé. Pero nos tenemos que adaptar. Vivo con ellos, mis nietos, los tengo que tratar. Que me amen, que me quieran. Su idioma. Su cultura. No quiero ser carga, menos un holgazán. El celular, el nextel son parte de mí. No quiero cambiar. Me decidí. El pasado se fue, voló, me despedí y le prometí, solo recordar. No me llores, no te apegues. Te tienes que levantar. Inténtalo, no te quedes. Marca mi número, tu número. De viaje puedo estar, pero podemos conversar. A la larga, sin fronteras. ¿Acaso no ves la oportunidad? No seas ciego, ni ingenuo. No entierres el pico en algo que no regresará. No esperes el tren de las 13, porque nunca llegará”

Lloré. En pocos segundos recordé, sus palabras, y por fin lo entendí. De vuelta a la pelea, ya había terminado. Perdió el gallo, perdió el Coronel. Todo da vueltas y lo que viví, lo viví. No era lo actual. Lo real se fue, se esfumó. ¿Lo verdadero?. Mi gallo era viejo, como yo, y perdió, y con él, mi dinero. Tal vez, Don Juan tenía razón, son solo recuerdos. ¿Es que acaso me tengo que adaptar?. Me consume la curiosidad, no lo niego. Me gustaría estar al día, pero no puedo. A veces no lo entiendo. ¿Como usas un celular?, ¿Como haces para llamar?. Me falta memoria. Mejor me apuro, ¿A donde voy?. La señora me espera. En el hogar saben que todo terminó, no tengo que trabajar, nunca más. Me jubilé y otros vendran. Tengo que apurarme, la tengo que llamar. Con un rin, dicen que me puedo comunicar. Al instante, de inmediato. Pero igual, no lo entiendo. ¿Que fue del viejo bar?. Mejor me apuro, mi mujer me espera. Le tengo que contar que el Coronel murió. Enterró el pico, se rindió. Tengo que advertirle que no cocine. Perdí. Que lo único que hay, lo único que habrá es mierda y solamente eso.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Cartas del Carnivále


Querida Ariel,

No te imaginas lo que es este lugar. Lo mucho que vivo y aprendo. A pesar que te extraño, el más fuerte comparte mi techo. Es desordenado, algo inquietante, pero vale la pena hablarle.

No estoy solo. Creo que me adapto, soy útil. Ya no me aparto. Ni es necesario cambiar. Aparentar ser perfecto. Alguien en que puedas confiar. En fin, lo comprendí. Tenías razon, cuando decías que algo iba a ocurrir. Que mi destino no era permanecer ahí. Te soy honesto, me dolió. Me costó escucharlo, pero sobre todo, aceptarlo.

Me disfracé de humano. Me esforcé. Cambié de atuendos, hasta me maquillé. Quise ser niño, alguien normal, alguien de 13 y no aparentar un poco más. Que se rían o que lloren. Alguien que juegue y cante. Mis labios, mis manos, ¡nadie las toque!

Soy apuesto, Hades o Barrabás. ¡No!, soy distinto. Una bestia, sencillo, noble y apaciguado. Lleno de corazón como un león con alma de ratón. Vaya descripción. Me río solo de pensarlo.

Anoche fue mi primer acto. Vaya sensación. Lo que generé, sin aliento los dejé. Mis rugidos, mis aullidos, mi rostro. Los asusté. Hasta al valiente actor, lo ahuyenté. ¿Y a los niños? Sin pensarlo, los acerqué. Juegan conmigo. No me temen, me comprenden. Por fin, lo conseguí. Por fin, puedo decir que soy feliz.


Por siempre tuyo,
Jorge Luis

¿A donde vamos?


Abril tiene 30 y yo, 26.

Agarré el bus hasta la Molina. Sin pensarlo dos veces, recorrí todo Lima. Toqué su puerta, nadie respondió. Insistí hasta que la puerta se abrió. “¿Que tal?” Me dijo, “¿A quién busca?”. “Abril, por favor. ¿Está?”. Subí de prisa, yacía en su almohada. Estaba triste, arrepentida. Sin pelo, del cancer derrotada. Me agarró de la mano y empecé a sudar. Me le acerqué arrepentido, disgustado. No me la quería llevar. Más que seguro que la iban a extrañar. Tan hermosa, y piadosa. Su puerta me abrió y no se quejó. Supo que era su hora y de mí se aferró. La llevé al cielo y le mostré el lugar. Soy el que maneja el bus que debemos abordar.

Café para ahogar las penas


Llovía, tan pequeña y minúscula. Tan incoherente que nadie la veía. Caía sobre mi rostro y vaya, ni los pequeñines querían con ella. En ternos, vestidos de gala como para una fiesta. Las faldas, ¡que atuendos!. Aunque no había nada que celebrar. Caminaban cabisbajos con miedo. No se hablaban, ni se miraban. Mejor callar y guardar silencio. Mejor olvidar. Había muerto el abuelo. Esta noche era su funeral.

Mi madre adelante liderando la orquesta. Los policías de negro marchando y cantando la canción de los muertos. Y llovía, tan pequeña y minúscula. Tan incoherente que nadie la veía. Llegó un llanto, tres lágrimas y un te quiero. Un lo siento, regresa. ¿De verdad, te pierdo?. Se decían los unos a los otros. Eran familia, hermanos, hijos y nietos. Aferrados a los vivos lo despidieron. Al policía, al papá, al esposo y al abuelo. Fue hijo también hace mucho tiempo.

Fuiste todo en la nada, impregnado hasta el alba allí descansarás. Y para vernos de nuevo, habrá que esperar un año más hasta que te visite en el lecho. Te lleve flores, te diga lo siento: “No fui, no alcancé”. Me ganó el tiempo. Son excusas, lo sé. “Pero, en verdad lo siento”.

Soy joven y vivo, años que gozar. Egoista, y no me compadezco. Cada vez más susurra el lamento: “Maldito el ego que dejó de lado al abuelo por una noche en el bar.” ¿De llantos y pena, quizás?. Nada de eso. Solo quería salir, olvidar y dejarme llevar por la noche y el viento. Me sentí Ares, el dueño. Me olvidé. No fui al entierro.

La casa de lejos, ni ella me quería albergar. Mi tarde fue oscura, insaciable. Me alejé y no me importó mis rimas y versos.

Después de varias lunas reflexioné y comprendí, quién fue Caín, quien mató a Abel. Quien dejó Madrid y porque Roma se fué. Si tan solo dejáramos de un lado nuestro yo y pensáramos más en él. No tendríamos que tomar el amargo café.