
Llovía, tan pequeña y minúscula. Tan incoherente que nadie la veía. Caía sobre mi rostro y vaya, ni los pequeñines querían con ella. En ternos, vestidos de gala como para una fiesta. Las faldas, ¡que atuendos!. Aunque no había nada que celebrar. Caminaban cabisbajos con miedo. No se hablaban, ni se miraban. Mejor callar y guardar silencio. Mejor olvidar. Había muerto el abuelo. Esta noche era su funeral.
Mi madre adelante liderando la orquesta. Los policías de negro marchando y cantando la canción de los muertos. Y llovía, tan pequeña y minúscula. Tan incoherente que nadie la veía. Llegó un llanto, tres lágrimas y un te quiero. Un lo siento, regresa. ¿De verdad, te pierdo?. Se decían los unos a los otros. Eran familia, hermanos, hijos y nietos. Aferrados a los vivos lo despidieron. Al policía, al papá, al esposo y al abuelo. Fue hijo también hace mucho tiempo.
Fuiste todo en la nada, impregnado hasta el alba allí descansarás. Y para vernos de nuevo, habrá que esperar un año más hasta que te visite en el lecho. Te lleve flores, te diga lo siento: “No fui, no alcancé”. Me ganó el tiempo. Son excusas, lo sé. “Pero, en verdad lo siento”.
Soy joven y vivo, años que gozar. Egoista, y no me compadezco. Cada vez más susurra el lamento: “Maldito el ego que dejó de lado al abuelo por una noche en el bar.” ¿De llantos y pena, quizás?. Nada de eso. Solo quería salir, olvidar y dejarme llevar por la noche y el viento. Me sentí Ares, el dueño. Me olvidé. No fui al entierro.
La casa de lejos, ni ella me quería albergar. Mi tarde fue oscura, insaciable. Me alejé y no me importó mis rimas y versos.
Después de varias lunas reflexioné y comprendí, quién fue Caín, quien mató a Abel. Quien dejó Madrid y porque Roma se fué. Si tan solo dejáramos de un lado nuestro yo y pensáramos más en él. No tendríamos que tomar el amargo café.
Mi madre adelante liderando la orquesta. Los policías de negro marchando y cantando la canción de los muertos. Y llovía, tan pequeña y minúscula. Tan incoherente que nadie la veía. Llegó un llanto, tres lágrimas y un te quiero. Un lo siento, regresa. ¿De verdad, te pierdo?. Se decían los unos a los otros. Eran familia, hermanos, hijos y nietos. Aferrados a los vivos lo despidieron. Al policía, al papá, al esposo y al abuelo. Fue hijo también hace mucho tiempo.
Fuiste todo en la nada, impregnado hasta el alba allí descansarás. Y para vernos de nuevo, habrá que esperar un año más hasta que te visite en el lecho. Te lleve flores, te diga lo siento: “No fui, no alcancé”. Me ganó el tiempo. Son excusas, lo sé. “Pero, en verdad lo siento”.
Soy joven y vivo, años que gozar. Egoista, y no me compadezco. Cada vez más susurra el lamento: “Maldito el ego que dejó de lado al abuelo por una noche en el bar.” ¿De llantos y pena, quizás?. Nada de eso. Solo quería salir, olvidar y dejarme llevar por la noche y el viento. Me sentí Ares, el dueño. Me olvidé. No fui al entierro.
La casa de lejos, ni ella me quería albergar. Mi tarde fue oscura, insaciable. Me alejé y no me importó mis rimas y versos.
Después de varias lunas reflexioné y comprendí, quién fue Caín, quien mató a Abel. Quien dejó Madrid y porque Roma se fué. Si tan solo dejáramos de un lado nuestro yo y pensáramos más en él. No tendríamos que tomar el amargo café.
No hay comentarios:
Publicar un comentario