
Primer Capitulo: "Utópico Amor"
Entorpecido por el licor, no tuve excusa alguna que me librara de su llamado. Me dirigí zigzagueante hacia la Encantada, una avenida que cruza la Municipalidad con la vieja Molina. Disculpa el atrevimiento, pero es una mierda manejar hasta allá, y peor aún si estás en estas condiciones. Atravesar esas calles es cuestión de agresiva valentía. Y ojo, que yo me considero un consumado valiente. Felizmente que los curiosos se me adelantaron, destruyendo, por fin, mi sobrevalorado mito. Mentirosos todos, llevan “Prensa” en sus insignias y se creen más que otros. Sin duda, el cuarto poder de mis días. “Otra vez tarde, Julián”, me dijo el capitán. “Prepárate y entra que los de la morgue no demoran en llegar”. Atravesé las mil y un preguntas, “¿Qué sucedió?, ¿algún sospechoso?, ¿quién es la víctima?”. Y rondaba el diablo por mi cabeza. Sacar el revolver quizás, cometer uno que otro homicidio más, y en verdad ¿quien llevaría la cuenta en este cuento de locos? Si mi opinión es de contar, lo diré sin escrúpulos. “Odio a los periodistas”. “¿Dónde está el cuerpo?”, le dije al caudillo. “Al fondo a la derecha”. Y allí yacía ella, la mujer más hermosa que mis ojos elogiaron. Mi corazón latía rotundamente, mi sangre subía la temperatura y el sudor hacía evidente mi amor hacia ella. Estaba más que enamorado, obsesionado quizás. ¿Y lo peor de todo? No había cura que aliviara este infortunio. Alguien había cometido un homicidio. ¿Y la víctima? Aquel utópico amor.
Un enano calmaba su mano con caricias, como si la conociera en esta u otra vida. Definitivamente, sospechoso principal de tal malévolo incidente. Por este, y sin obviar mi motivo personal, era indispensable preguntarle con cautela su proceder. “¿La conocía?”, le dije. Y el enano respondió. “Hace unos años, mis hermanos y yo nos dirigíamos a Yanacocha a cobrar nuestros pagos. El dinero llamaba, pero dadivosa fue la cobranza, que de nuestra pesadez, apareció una hermosa niña. Nos pidió auxilio y refugio, que de un mal escapaba y su vida de los siete dependía. Decidimos ayudarla, a pesar que ni su nombre sabíamos. Mejor así, nos dijo. Anónimos, evitábamos más el peligro. Pasaron los días y nos encariñamos con Blancanieves.” Calló unos segundos. “Fue la hija que nunca tuvimos.” “¿Blancanieves?”, le dije. “Así es”, me sonrió. “Así la bautizamos por el curioso color de su piel. Tan blanco y puro, como la misma nieve”. Y una lágrima le brotó.
“¿Qué fue lo que le sucedió?”, me atreví a decir, dándole como consuelo un viejo pañuelo. “Salimos de la ciudad desde el jueves directo a Chosica. Nuestra estancia allá nos ausentaría alrededor de dos semanas. Sin embargo, me ofrecí voluntariamente a velar por ella y su seguridad. Cada noche viajaba horas para irla a ver. ¡Que nadie entre!, le dije. ¡Y jamás, pero jamás hables con extraños!”. Y comenzó a llorar. “Maldigo el destino y al tiempo que produjo en mí, un desgano inusual para levantarme y andar. El tráfico impedía mi desenvolvimiento y mi puntualidad fue aturdida por un trágico desenlace. Un día, tan solo un día regresé y la vi, mi pequeña mimada yacida en el suelo. Mi dulce Blancanieves.” Las autoridades se acercaron para llevarlo al cuartel. Por más que luchó contra las represalias asegurando su inocencia, la resistencia logró arrebatarlo de sus orígenes y de su fortaleza. Arrestado por sospecha gritó sus últimas palabras como hombre libre hacia la última persona que lo escuchó. “¡Aquel mal la encontró!”, me dijo. “¡Alguien con mentiras y calumnias, alguien que le era familiar! Buscad, y haced justicia. Buscad con fervor la verdad”.
De regreso al cuartel prendí el televisor y en todos los noticieros hablaban de su muerte. “Adolescente de 23 años de edad fue encontrada muerta por la policía nacional en una casa alquilada en el distrito la Encantada. Los propietarios son un grupo de ingenieros mineros migrantes de Ayacucho. Según el reporte policial, la joven adolescente fue envenenada con una poción mortífera de drogas a base de Malus domestica Borkh. El principal sospechoso del homicidio se encuentra reclutado en el Palacio de Justicia a horas de ser interrogado. Aparentemente, la joven homicida es alguien de relevancia internacional. Por este motivo, la policía no nos ha proporcionado mas detalles, tan solo un nombre de pila para poder identificarla: Blancanieves”.
Apagué el televisor. Las palabras del enano retumbaban la señal como abejas apareándose en mis oídos. Por más objetivo que aparentaba ser, me jodía la conciencia con tan solo pensar que una mujer, como Blancanieves, fuese arrebatada injustamente de mis brazos, quizás solo por celos. Y es que su belleza propiciaba la codicia y envidia de muchas. Su rostro era más que perfección. Incluso su reflejo hipnotizaba al mismísimo espejo. Tratando de despejar mi mente, me serví un viejo whiskey más que generoso. Descontrolado por mis adicciones me volví alcohólico, esperando impaciente las horas y que el diagnóstico forense pudiera saciar mi sed de venganza. ¿Héroe o villano?, pensaba taciturno frente a mi alcoba, marcando cada paso como todo un cazador. “Necesito salvarla”. Tres shots. “Blancanieves”. Tres más. “Necesito vengarte”. Y tres más. Tomé las pastillas contra la locura y la realidad. Ninguna hacía efecto, así que las mezclé con más licor. Poco a poco caía más y más en aquel agujero que ni Alicia pudo evitar. “Maldición”, renegó mi desesperación. “Mi venganza me consume y la muerte me sienta bien, pero no la puedo alcanzar”. Y me ahogué en “black”, Jack Daniels Tennessee.
Resaqueado, envuelto del cigarrillo y el rock n’ roll, caminé hasta el balcón. El aire me susurraba “¡tírate!”. Definitivamente seguía drogado. Lo dije desde el principio, soy un valiente consumado. Si alguien esperaba un príncipe azul, lo lamento. “It’s all the same, only the names are change, every day it seems we're wasting away”. Y el coro, “I'm a cowboy, on a steel horse I ride… I'm wanted dead or alive”. “Así es mierda”, le dije a mi ciudad “Vivo o muerto”. De la mano de Jon Bon Jovi había trazado mi destino. A ponerme cuerdo, entonces, que tenía que encontrar al maldito. Fui directo al cuartel infringiendo leyes y a toda velocidad. El efecto suicida todavía no desaparecía de mi interior. La adrenalina era pura. Iba a matarlo hasta que las balas consumieran mi revolver. Iba a matarlo hasta que la muerte me dijera “¡Para!”.
Continuara...
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