
Ya pasaron dos meses desde que juraron venganza hacia los cerdos de barba y panza. Las tildaron de brujas por su rareza y belleza, mujeres de casa de sumisa crianza. Virgenes de nombre, santas de granja. Trabajaron el campo sin molestar un alma. ¡Malditos aquellos que osaron tentarlas! ¡Malditos aquellos que dejaron de amarlas!
El pueblo de fiesta, celebraban las pascuas. Gimiendo y coreando por las cuatro hermanas. Les hacen el amor hasta la madrugada, las provocan, las violan, las llaman. Viles seres, pobres hermanas, ardieron en llamas las condenadas, traicionadas por sus nombres fueron matadas. Odiadas por el hombre fueron quemadas.
Catalina la menor, la del vestido espinado, y Eva del cabello ondulado. Siempre juntas por el prado recolectando margaritas del campo. Resucitaron aves y ranas con magia y hechizos de simples palabras. Por amor y compasión les negaron el habla, censuradas sin devoción fueron desterradas.
Ana y Eliza, eran mellizas. Llevaban moños y dentadura postiza. Las golpearon de niñas, obra de la vil nodriza. Que de celos castigó la inocencia de las pobres mestizas. Cantaban conjuros de cuatro cuarenta. Juntaban parejas y del amor nadie se lamenta. Pero luego hay consecuencias. Infidelidades y decadencias.
Del querer a la gloria, sobreviven las tristezas, puras mentiras, pocas certezas. Sus pecados fueron censurados ¿y el castigo? más que improvisado. Con leyes absurdas, ritos y martirios. Albergaron envidia e hipocresía. Querían ver muerte en el día.
Pero la noche llegó y llovió como nunca llovió. Todo Blair se oscureció. A pesar de sus ruegos, nadie los escuchaba. A pesar de sus lamentos, nadie los auxiliaba. Ahogados por sus culpas, fueron enterrados. Ahogados por sus culpas, fueron olvidados.
Y es que ya pasaron dos meses desde que juraron venganza, hacia los causantes de la horrible matanza. Las tildaron de brujas por su rareza y belleza, mujeres de casa de sumisa crianza. Virgenes de nombre, brujas de granja. Trabajaron el campo sin molestar un alma. ¡Malditos aquellos que osaron tentarlas! ¡Malditos aquellos que dejaron de amarlas!
El pueblo de fiesta, celebraban las pascuas. Gimiendo y coreando por las cuatro hermanas. Les hacen el amor hasta la madrugada, las provocan, las violan, las llaman. Viles seres, pobres hermanas, ardieron en llamas las condenadas, traicionadas por sus nombres fueron matadas. Odiadas por el hombre fueron quemadas.
Catalina la menor, la del vestido espinado, y Eva del cabello ondulado. Siempre juntas por el prado recolectando margaritas del campo. Resucitaron aves y ranas con magia y hechizos de simples palabras. Por amor y compasión les negaron el habla, censuradas sin devoción fueron desterradas.
Ana y Eliza, eran mellizas. Llevaban moños y dentadura postiza. Las golpearon de niñas, obra de la vil nodriza. Que de celos castigó la inocencia de las pobres mestizas. Cantaban conjuros de cuatro cuarenta. Juntaban parejas y del amor nadie se lamenta. Pero luego hay consecuencias. Infidelidades y decadencias.
Del querer a la gloria, sobreviven las tristezas, puras mentiras, pocas certezas. Sus pecados fueron censurados ¿y el castigo? más que improvisado. Con leyes absurdas, ritos y martirios. Albergaron envidia e hipocresía. Querían ver muerte en el día.
Pero la noche llegó y llovió como nunca llovió. Todo Blair se oscureció. A pesar de sus ruegos, nadie los escuchaba. A pesar de sus lamentos, nadie los auxiliaba. Ahogados por sus culpas, fueron enterrados. Ahogados por sus culpas, fueron olvidados.
Y es que ya pasaron dos meses desde que juraron venganza, hacia los causantes de la horrible matanza. Las tildaron de brujas por su rareza y belleza, mujeres de casa de sumisa crianza. Virgenes de nombre, brujas de granja. Trabajaron el campo sin molestar un alma. ¡Malditos aquellos que osaron tentarlas! ¡Malditos aquellos que dejaron de amarlas!
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